miércoles, 9 de diciembre de 2009

PARTÍCULAS HORIZONTALES

Tal como si estuviese en casa, hace algunas semanas hizo acto de presencia en la ciudad apocalíptica de México Michel Houellebecq. Más conocido en este país como novelista, decidió mostrarse como el poeta que también se/es, con una serie de textos cargados del más corrosivo pesimismo.

Ciorán habría lanzado anatemas contra él, Schopenhauer maldiciones inteligentes y Bach habría compuesto fugas y cantatas por el sólo hecho de atormentarlo hasta la eternidad. Con toda certeza Houellebecq irá al infierno, y nosotros con él. Ahí hemos de escuchar a Bach, quien nos ha antecedido en el camino de brasas.


Sí, es preferible un coro de aullidos, una atmósfera de ataque... Busco entre las exposiciones de mi cámara fotográfica la diapositiva que documente esto capaz de cuartear el silencio de la noche.


1655.


Hay un número que la clasifica. Hela aquí con todas sus carencias de luz, de simetría y encuadre:



La cámara fotográfica nunca deja de intrigarme, a veces me arrebata las palabras y las suple por números. (Yo estuve ahí). (Yo estuve cerca para dar testimonio).


1673.

1675.


Sólo queda el dar paso al par de fotos que etiquetan los dígitos, desencuadradas por el azoro, desnudas, a las que he negado la edición fotográfica como Houellebecq nos niega la piedad:





Deshaciendo el precepto budista del no-deseo que nos libera del sufrimiento, Houellebecq nos devuelve los deseos, deseos con los cuales, a riesgo de la tragedia del padecer, el llorar, el lamentarse, volveremos a ser respetables como los lagartos. Lézards. Leviatanes todopoderosos para los que el dolor no existe, ni la salvación, ni Buda...


La vida -dice el autor francés- es una serie de test de destrucción. Hay que pasar los primeros test, atascarse en los últimos. Fallar en la vida. Cada fragmento del universo debe ser para vosotros -agrega- una tensión personal.


A la salida de Casa del Lago, en pleno linde boscoso de Chapultepec, abandon(am)o(s) el sitio padeciendo la miseria de no haber escrito sus versos o, más aún, sus novelas... Avanz(am)o(s) en medio de la noche aromática a árboles, con el odio metafísico de la blasfemia y la apostasía, la dicha de la aniquilación y el agradecimiento porque Dios nos haya desamparado.

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